Una constante en la vida es que algunas cosas se quedan y otras se van. De estas cosas, algunas las eliges y otras no, porque así es la vida: no todo lo que tenemos en nuestras manos realmente está en nuestro control, y así es como entendemos que algunas cosas se quedan, y otras no.
Este proceso es también una constante, todos los días, a través del día, nuestra mente va tomando caminos que derivan en cosas que dejamos, otras que adquirimos, algunas que solo guardamos porque es mejor tener un paracetamol a la mano y no necesitarlo, que necesitarlo y no tenerlo. Así somos, humanos tratando de estar preparados para aquello que aún conservamos, o esperamos poder conservar; incluso aquello que quizá nunca suceda.
Pero un día la vida acaba. Justo después de desayunar, mientras te bañabas e iniciabas el proceso de tener un gran día. O incluso antes de abrir los ojos, mientras dormías, mientras soñabas que la vida ya era aquello por lo que tanto trabajas. Gran bendición irte a dormir y quedarte en el sueño.
¿Qué sucede ahora? ¿Qué procede? Para ti que moriste, no procede nada. Lo siguiente será la segunda venida de Jesús. Para los que seguimos vivos… bueno, para nosotros procede la vida que se queda.
La vida que se queda no es para todos, sino para aquellos que aún necesitamos vivirla, por la razón que sea, la que sólo Dios conoce. Un nuevo día, una lloradita por los que ahora duermen, un suspiro por lo que ya no es; y a contestar correos, llamadas, escribir código. Una vez más, a vivir aquello que ignora nuestro sentir, porque no le importa y en realidad, ¿porqué debería? La vida que se queda ignora a los que ya no continúan en ella, sólo a los que aún pueden vivirla.
¿Y luego? Nada.
Realmente no hay un antes y después. Bueno si, pero no como quisiéramos. Los días siguen pasando, encontramos alegría y llanto nuevamente, porque así se viven los días, en un va y ven entre lo que nos duele y lo que nos hace reír.
Desde pandemia he despedido a varias personas, muchas, considerando que a ninguna quisiera haber tenido que visitar cuando ya no sabían que yo estaba ahí. De cada una he aprendido algo, aunque sea poquito, pero me ha ayudado a vivir mejor. Porque realmente, al final del día, cuando vuelvo a casa sabiendo que cada una de esas personas ya duerme, entiendo lo breve que es el tiempo. La fragilidad, y frugalidad, de cada vez que parpadeamos y respiramos. Un poquito de vida pasa, un poquito de vida se gasta, un poquito más cerca de que me toque cerrar los ojos a mi.
Y estoy de acuerdo en ello. No quisiera morir, pero bueno, también no tengo problema si sucede. ¿Acaso podría cambiar lo que está fuera de mi control? Ni lo que está en mis manos es 100% mío, desear algo más es desperdiciar vida. La vida que se queda.